miércoles, 18 de febrero de 2009

Ella

Sus livianos vestidos hacían intuir un buen cuerpo, con sus casi cuarenta años era una hembra de lo más deseable.
No demasiado alta, caderas firmes, pechos que marcaban unos gruesos pezones a través de las telas del sujetador y del vestido...
Comencé a imaginarla sometida a mí, con sus manos de dedos afilados esposadas a la espalda y esos ojazos color miel suplicando que la follara de mil maneras posibles.
En nuestros habituales cafés a lo largo de la mañana, me descubria mirando sus ámplios escotes, pero nunca hizo ademán de taparse, ni mencionó nada al respecto. Simplemente se ruborizaba y me seguia hablando como si nada pasase.

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